Patto d’Omertà (Pacto de Silencio)

Ya en un nuevo año retorno con una nota (de un colega y amigo) sobre el caso de los barras de Estudiantes de Río Cuarto. Es larga pero vale la pena.

Es un secreto a voces. La fuerte sospecha social de la connivencia entre los dirigentes y los “barrabravas” de los clubes de fútbol. Esto, junto al soborno –“aggiornado” como incentivación- son los dos flagelos que más laceran el “fair play”, pero que sus protagonistas mantienen celosamente guardados bajo siete llaves, o más, quizás.Las imágenes emitidas por Telediario el 23 de abril de 2007 –donde un par de “barrabravas” aprietan (literalmente hablando) a un dirigente de Asociación Atlética Estudiantes-, corrieron el velo de acciones celosamente protegidas, sacando a la luz algo conocido pero que nunca se había mostrado hacia afuera. Pareció –a partir de aquel momento- que podía atacarse el problema desde la raíz.

Es un secreto a voces. Que tanto poder construido –en las sombras y en su mayoría por sujetos al margen de la ley- no fue posible sin el aporte de uno de los pilares esenciales del fútbol: la dirigencia. Sea por acción u omisión, fue esta la que creó un monstruo, ahora incontrolable. Los violentos ganaron un espacio y un poder que no están dispuestos a ceder. Y lo lastimoso de esto es que la dirigencia lo sabe y parece resignada a ello. Ejemplos –pasados y actuales- sobran…

Es un secreto a voces. El actual clima de violencia en el fútbol, en nada se compara con otros hechos del pasado y que también tuvieron lugar en campos de juego y/o ciudades del interior. Bastan recordar las vicisitudes padecidas por la selección de fútbol de la Liga de Río Cuarto en el Torneo Argentino “Dr. Adrián Beccar Varela” de 1973 en la ciudad misionera de Oberá; o más acá en el tiempo –poco más de dos décadas- la definición del torneo local entre la Alianza Deportiva General Cabrera y Estudiantes, con hechos de violencia –incluso contra la prensa- en aquella localidad; el corolario: la decisión de los medios de no cubrir el partido desempate que consagró campeón al conjunto cabrerense.

Es un secreto a voces. Que aún siendo conductas reprochables, estas no estaban emparentadas con el crimen organizado como sucede ahora. Sus actores no contaban con frondosos prontuarios como los actuales; sin embargo, presas de sus intensas pasiones y emociones –y, otras veces, empujados por dirigentes poco sensatos-, perdían el control de sus frenos inhibitorios, llegaban al borde del precipicio y volvían sobre sus pasos.Era, en todo caso, el resultado de las profundas rivalidades entre las pequeñas poblaciones y las grandes urbes; a estas últimas pertenecían los equipos más poderosos que monopolizaban las conquistas de los títulos año tras año.

Es un secreto a voces. Que el antecedente más peligroso de hecho violento con armas de fuego en un estadio en Río Cuarto fue en uno de los tantos clásicos entre Estudiantes y Belgrano de Córdoba -a mediados de la década del ´80-, cuando ambos se disputaban la primacía en la provincia y el premio era nada menos que acceder a los Nacionales organizados por la AFA junto a los grandes del fútbol de primera división. El saldo de aquella pandemónica tarde fue el de algunos heridos y la sensación que la muerte advirtió que aquí también podía hacerse presente. Entonces pareció que el problema podía atacarse desde su raíz. Y la Justicia era la herramienta apropiada para ello. Pero…

Es un secreto a voces. Las figuras emblemáticas de Antonio Candini (Estudiantes) y Walter Spengler (Belgrano), al frente de los destinos de –entonces- dos poderosas entidades de la provincia, no era un dato menor. Sólo la diferencia generacional era perceptible como un rasgo que distinguía a uno del otro. Se caracterizaron por ser dos dirigentes ambiciosos sin medida y también sin esta fijaban los fines y los medios para alcanzarlos.“Antonio” tenía un admirador que hasta podría decirse lo idolatraba: el ingeniero agrónomo Jorge Artundo, santafecino de origen como lo era el entonces “pope” del club de la Avenida España. Sí, el mismo que 20 años después se vio envuelto en los actos de “aprietes” –no determinados, dijo, lamentándose, la Justicia- de los barrabravas.

Es un secreto a voces. La capacidad de mantener a raya a los entonces “Leones” era una virtud únicamente presente en Candini. El alejamiento de algunos de los referentes de aquellos y la disgregación de la agrupación –que no le escapaba a la violencia, limitada sólo por “códigos” por ellos entendidos-, a lo que se sumó el retroceso de presencia del fútbol “celeste” de los primeros planos, trajo algo de tranquilidad al interior del club. Hasta que emergió esta nueva “generación” de hinchas violentos rotulados como “barrabravas”…

Es un secreto a voces. El temor ante las amenazas de diferente naturaleza y aún los hechos de violencia sobre ellos –como los padecidos por César Brasca- fueron más poderosos que la voluntad por cortar un vínculo peligroso por parte de los dirigentes del club. Patéticamente quedó reflejado en el proceso judicial en la Cámara Primera del Crimen.Una justificación como “estos problemas suceden en todos los clubes de fútbol” (Carlos Rinaudo), o el débil argumento –“incomprensible”, expresó el Tribunal- de no agravar la situación “con la hinchada” (Jorge Artundo), o la contradicción sobre lo testimoniado respecto de un acto de violencia física –negándolo ante la prensa, minimizándolo en el proceso y haciéndolo más detalladamente en una denuncia- (César Brasca), ató de manos a la Justicia.

Es un secreto a voces. Esta fue –en el contexto de lo que sucede a nivel nacional con, por ejemplo, “Los Borrachos del Tablón”- la oportunidad que tuvo la dirigencia del fútbol de empezar a desterrar este flagelo. La Justicia le ofreció las herramientas para volver a lo que los clubes son en esencia y expresan en sus actas fundacionales.Pero “cuando uno no quiere, dos no pueden…”. Aquello fue percibido y explicitado por el Tribunal –“… En síntesis es poco lo que puede extraerse de Brasca, Artundo y Rinaudo…”- y pese a las dificultades –no propias de la naturaleza del caso, sino provocadas por quienes tuvieron la oportunidad de vencerlas- encontró elementos que resultaron “hábiles para la reconstrucción de lo realmente acontecido…”. Sin embargo, los brazos de la Justicia resultaron débiles e insuficientes.Aún así hubo castigo, aunque no fuera el esperado -¿cuál era el esperado? cabe preguntarse- y ahora, deficitariamente, es cierto, pero igualmente valioso, ya no es un secreto a voces. Es “vox populi”. 

 Ángel César Ludueña

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